En los últimos años, el crecimiento del comercio electrónico ha impulsado la búsqueda de materiales de embalaje menos contaminantes. Entre ellos destacan los conocidos popularmente como “chetos biodegradables”, un tipo de cacahuate de empaque elaborado con almidón vegetal que se disuelve en agua y no deja residuos tóxicos.
Aunque suelen descartarse de inmediato, su vida útil puede extenderse a través de prácticas sencillas que contribuyen a un consumo más responsable.
A diferencia del poliestireno expandido, estos rellenos no requieren procesos complejos de reciclaje, pues se degradan de manera natural.
Sin embargo, especialistas en sostenibilidad coinciden en que el primer paso antes de desechar cualquier material es reutilizarlo siempre que sea posible, ya que prolongar su uso reduce el volumen de desechos generados en cada envío.
Una de las formas más comunes de reaprovecharlos es como material protector para futuros paquetes, ya sea en ventas personales, encomiendas familiares o pequeñas tiendas que buscan empaques más ecológicos. Su ligereza y capacidad para absorber impactos los convierten en una opción eficaz para proteger objetos frágiles.
Otra alternativa sencilla es incorporarlos en actividades educativas o creativas. Debido a que están hechos de almidón, pueden pegarse entre sí con unas gotas de agua, lo que permite utilizarlos en manualidades seguras para niños. Museos y centros de divulgación ambiental han señalado su utilidad para enseñar sobre biodegradabilidad y conciencia ecológica en talleres escolares.
Finalmente, si ya no se requieren para un segundo uso, estos materiales pueden colocarse en compostas domésticas, siempre que no estén contaminados con tintas o residuos ajenos al empaque. Al estar elaborados con componentes orgánicos, se desintegran con facilidad en ambientes húmedos.